Carta abierta: Vivimos un declive social

Para quienes usamos diariamente el principal servicio de transporte público masivo de la capital venezolana la capacidad de asombro no se pierde y se mantiene vigente con cada trayecto. Individualmente la paranoia, el desasosiego, el miedo, la sensación de angustia combinada con la de inseguridad son las principales compañías que nos escoltan al ingresar en el subterráneo, cruzar los torniquetes y entrar a los vagones del sistema Metro. La observación detallada de quienes te rodean en el vagón es el mantra y la norma tácita entre los caraqueños.

Cada jornada a cualquier hora, sin importar la estación o línea del sistema de transporte, ofrece una escena que cala transformando las sensaciones de nosotros los “metrousuarios”. Somos testigos de como los buhoneros se han apoderado del recorrido interno entre vagones. Escuchamos y  hasta mentalmente repetimos el discurso de otros semejantes -porque todos humanos- sobre sus padecimientos de salud e imposibilidades económicas para resolverlos. Iba a incluir en el  comentario de “semejantes” la comparación entre los que denomino “voces del metro” de que todos también somos venezolanos,  pero también atestiguamos con pena, vergüenza, que en los andenes hay extranjeros solicitando ayuda, que en algunas oportunidades, es para regresar a su patria. Además, salir de las instalaciones bajo tierra es otra odisea pues estamos en la obligación de tener más de cinco sentidos para identificar cualquier posible amenaza en las escaleras. No obstante, esto es un preludio de lo que se vive en la calle.

Este lunes 15 de febrero, al bajarme en la estación del metro de Altamira, captó mi atención los gritos desde un grupo concentrado cerca de las escaleras: “mátalo, jódelo, escoñétalo, eso le pasa por malandro”. Me acerqué y vi como varios integrantes del grupo (más de 20 a vuelo de pájaro) le propinaban golpes sin piedad, patadas cargadas de ira y puñetazos bañados de desahogo a un joven que bien podría ser mi hermano menor. Su suéter blanco contrastaba perfectamente con el escarlata de su sangre que brotó de su boca tras recibir  un potente puntapié sin frenos en la quijada  mientras estaba en el piso. 

De fondo se escuchaba como por los altavoces los trabajadores del sistema de Metro llamaban a los efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), que de acuerdo con el Plan Patria Segura, deberían estar apostados en las cercanías de cada estación. Sin embargo, durante los 20 minutos que estuve allí,  nunca aparecieron. La ausencia de los cuerpos de seguridad encendió más la actitud hostil de las personas. Se enardecieron, clamaban por justicia, y la violencia hacia el delincuente fue la única forma de expresar su sentimiento de estar huérfanos de seguridad y de drenar la molestia.

Al final, los trabajadores del sistema de transporte se apersonaron. Fueron ellos quienes cumplieron con el rol de proteger y calmar la situación, aunque no tenían una placa o uniforme policial, la investidura de sus camisas rojas con la “M” blanca del logo del Metro en el pecho fue suficiente para ejercer la función de cuerpo de seguridad. Ellos, el personal que se encarga de vender diariamente en la estación de Altamira los boletos para ingresar. Ellos, quienes tienen como labor resolver cualquier problema de los usuarios que esté vinculado exclusivamente con la prestación del servicio en los andenes. Ellos, quienes no tienen una formación en resolución de conflictos que alteren el orden público o atente contra la seguridad de otros ciudadanos, fueron quienes finalmente se encargaron de que en la estación no ocurriera un asesinato colectivo.

Es lamentable, y así lo califico abiertamente, que más temprano el mismo 15 de febrero, el jefe de Gobierno del Distrito Capital, Daniel Aponte, afirmara en una entrevista -en el programa Primera Página de Globovisión- que disminuyeron las irregularidades en el Metro y sus alrededores. “Tenemos un balance positivo, se ha disminuido el número de situaciones irregulares tanto en el sistema Metro de Caracas como en sus alrededores, sin lugar a dudas es una gran batalla contra la inseguridad que se está librando, nosotros vamos a una nueva etapa la próxima semana, más profunda para recuperar la tranquilidad de los usuarios”, dijo Aponte.

Pues no. Lo que se evidenció este 15 de febrero es que no hay que esperar “próximas semanas” para actuar y prevenir. Las ganas de tomar la justicia en las manos de los ciudadanos y los niveles de inseguridad es el pan nuestro de cada día en las calles venezolanas. No hace hace falta postergar lo que se pide con premura. Como en todos los sectores, se necesitan medidas a corto, “cortísimo”, plazo.

Durante la misma entrevista en Globovisión, Aponte solicitó a la ciudadanía a que ayudaran a restringir el acceso a los buhoneros en el sistema del metro. “Necesitamos un número importante de personas capacitadas para esta labor. No solo de cuerpos de seguridad del Estado, sino de ciudadanos de Caracas que puedan ayudar al control, al mantenimiento y poder restringir el acceso a los vendedores informales que no está permitido”, expresó.

Tampoco, me permito decir ya que primero soy ciudadano y después periodista, nos corresponde a nosotros, los civiles, “ayudar al control” en el metro de Caracas. Ya este 15 de febrero vimos qué puede pasar si el pueblo toma las decisiones de resguardo orden público.  Asimismo me permito recordar, que esta no es la primera vez que ocurre. La semana pasada, específicamente el 11 de febrero, pasó lo mismo pero en la estación Zoológico.

Se están conjugando peligrosamente los altos niveles de hechos punibles en cualquier zona de Caracas, la falta de acciones inmediatas que garanticen las seguridad de los ciudadanos y el descontento de la población traducido en justicia a manos propias. Estos factores al combinarse, sin duda, su resultado será un perfecto declive social.

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