Bitácora de una ilusión

Imaginar e idealizar son capacidades inherentes que tenemos los seres humanos por naturaleza. Todos en algún momento del día, pasamos un rato soñando lo que puede ser, describiendo detalle a detalle ese porvenir que no se presenta de manera clara, que es invisible e intangible, y que por crearnos curiosidad, tratamos de imaginar.

Nunca me consideré una mujer soñadora, siempre estaba concentrada en el presente. Hasta que un día todo mi mundo cambió. Una simple noticia logró alterar mi estabilidad.

Esa razón era un él o ella que estaba dentro de mí puesto que en 9 meses sería mamá. Emocionada por albergar en mi vientre una nueva vida, decidí llevar una especie de diario. Allí anotaría como me imaginaba a mi hija, en él apuntaba de la siguiente manera:

Mes 1: Rizos de oro

Cada mes me gustaba jugar con una parte de su rostro, lo primero que llegó a mi mente fue el cabello. Lo imaginaba color castaño con unos mechones naturales parduzcos, ensortijados cuales bucles. El olor era primavera,  flores,  juventud. Mentalmente podía recorrer cada óvalo y curva de los cabellos que denotaban un dejo de rebeldía pero a la vez  dulzura: una dualidad que convivía con armonía.

Mes 2: La puerta del alma

Pensé inmediatamente en sus ojos, su mirada. Los ojos que tenía delante de mí viéndome eran chiquitos pero audaces. Unos ojos capaces de desentrañar hasta lo más profundo de quien observara, pero de igual manera transmitir seguridad. El iris, ese círculo colorido, era de color ámbar. No lo concebía de otra manera porque con esa tonalidad transmitiría carácter y a la vez enigma. Se podría ver a través de ellos la llama interna que normalmente le llamamos alma.

Mes 3: No será Frida khalo

Mi felicidad se acrecentó al saber que ciertamente tendría una niña. Así que ese mes pensé en mi fetiche particular, las cejas, esas líneas velludas que transmiten dudas, preocupaciones, felicidad, congojo, en sí: sentimientos.

Ese par las vislumbraba como un trazo delgado y sutil. Un trazo hecho con cariño para que lo que se transmitiera por ahí fuera de la misma naturaleza. Serían sin mucho vello, pero lo suficiente como para emanar de ellas los sentimientos.

La imagen seguía manteniéndose, y poco a poco llegaban nuevas facciones.

Mes 4: Oír no es lo mismo que escuchar

Escuchar es un arte que muy pocas personas desarrollan. Así que las orejas de mi hija estaría diseñadas de una manera que le permitieran escuchar para entender. No oír, ella escucharía. Las orejas las visualizaba chiquitas, con un toque puntiagudo al final. la parte redonda que soportarían los zarcillos eran, carnosos, y esponjosos

Mes 5: Instrumentos de expresión

Ahora vendrían los labios. El superior: delgado y finito, casi hecho a pluma. El inferior si me gustaba pensarlo un tanto más carnoso, con la misma tonalidad de rosado que su compañero de arriba. Los idealizaba tan perfectos y bellos porque ellos serían la puerta que se abriría para escuchar el fonema que mas ansiaba oír: mamá.

Mes 6 y 7: Oxígeno para la vida

Al llegar a estos meses me asusté. No había pensado como serían lo orificios que llenarían de vida a mi beba. No serían simples fosas y ya. Su nariz sería respingada. Por supuesto que no aguileña ni con dejos de altruismo forzado. Sino sería chiquita y recta, de manera tal que compaginara con los pómulos sonrojados y las pecas.

Pecas que se verían negras cual ébano,  distribuidas por toda la cara como las constelaciones compuestas de estrellas.

Mes 8 y 9: Frangancia y textura

El detalle más importante lo reservé para el final: su piel, su aroma.

El rostro de mi pequeña damita sería de una piel lisa. Libre de grasa, de contaminación. Con un aroma a vitalidad, similar al de las begonias al florecer.

El color, ya lo tenía claro: blanco. Blanco pureza, lo curioso es que no lo imaginaba como la nieve, ni mucho menos como la leche. Era un blanco como el ópalo. Es extraño, si, pero mi imaginación deambulaba entre esas directrices.
Ahí estaba yo al final de los meses pensando en mi chiquita. Evocando el rostro de ella cuando creciera, pensando que daría la vida por aquellos rasgos tan infantiles y de madurez que aspiraba de mí bebé. Y hoy estando lejos de ella, en otro plano por llamarlo de algún modo, sólo tengo el consuelo que le dejé una muestra material, para que cuando pudiera, entendiera la devoción que le tenía antes que viniera a este mundo. Con la firme certeza que mi imaginación se hizo realidad y que la niña de los ojos ámbares creció, aunque mis ojos nunca la pudieron admirar.

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