Un beso impulsivo

Era evidente que sucedería en cualquier instante. Siempre, en los momentos en que nos encontrábamos solos, había un momento mínimo en que nuestros rostros se acercaban y disimuladamente nos mirábamos los labios, creando una tensión que resquebrajábamos riéndo rápidamente o simplemente hablando. Sucedía que apartábamos la mirada el uno del otro, sabiendo y sintiendo que aún así estaba el sentimiento efímero de pasión y deseo entre ambos.

Así pues un día se nos acabaron las risas tímidas y los temas por hablar. Nuestras miradas quedaron fijas hasta que comenzaron a zigzaguear de los labios a nuestros ojos y viceversa. Ninguno de los dos estaba pensado. Estábamos sintiendo la adrenalina correr por el cuerpo, el corazón galopar desenfrenadamente pero aún así sin movernos; sin acercarnos; sin darnos ese toque tan ansiado.

Las circunstancias y el destino firmaron un pacto para no dejarnos escapar. Los detalles del lugar donde nos encontrábamos apadrinaron la situación para hacerla “perfecta”, creando esos momentos que sólo pasan una sola vez.

Mientras nos mirábamos y seguíamos en ese zig-zag que pareció una eternidad -cuando en realidad no duró ni un minuto- pude sentir como la temperatura de la habitación descendía para empujarnos a abrazarnos. La brisa que entraba por la ventana era el narcótico que traía consigo el olor que activaba todos los receptores de mi cuerpo y por ende mis cinco sentidos ocasionando que se erizara mi piel.

Fue curioso pero me pareció que hasta las nubes querían presenciarlo porque se acoplaron de tal manera que atenuaron la luz del cuarto, creando la iluminación ideal. Entonces fue cuando llegó tu invitación, te apretaste el labio inferior y me miraste quedamente: Me invitaste a pecar……. sabiendo que yo quería ser pecador.

Sólo aquellas personas que han estado en el apogeo de un desastre natural pueden entender como me sentí cuando moví mi cuerpo hacia el tuyo. La sinapsis que tuvo lugar en todo mi ser desde que te mordiste el labio se comparaba únicamente con la explosión de un volcán o un grito ahogado.

No lo pensé más, mi cuerpo actuó solo, me dejé llevar y apreté con mis manos tu cintura estrecha. Nuestros cuerpos se contrajeron, pude sentir tu corazón acelerado, sincronizado por arte de magia con el mío, los dos galopaban al unísono. De la misma manera se aceleraron cuando acerqué mi boca hacia la tuya y pude aspirar el vaho que emanabas de tus labios… que se interrumpió con un gemido reprimido tuyo,

Un gemido que demostraba que no podías aguantar mas, que tu cuerpo se encontraba en una vorágine de excitación.

Te besé, mis labios gruesos se hundieron en la finura del ósculo que me respondías tan apasionadamente, hasta que perdimos el control en el momento que me agarraste el cabello por la nuca. Mi lengua se atrevió a nadar en la curvatura de tus labios, moviéndose elegantemente hasta dar con la tuya cuando tus labios se separaron poco a poco como puertas.

Se tocaron suavemente, pude sentir la blandura de tu lengua, tu te divertías tocando la mía juguetonamente como queriendo recrearla en tu mente. Pero algo después cambió: los juegos terminaron y las niñerías se esfumaron apoderándose de la situación la pasión.

Nuestras lenguas entrelazaron de tal manera que me sentí unido a ti, tus sentidos caníbales-vampirísticos salieron a flote cuando me mordiste el labio. Yo no me quede atrás y clavé mis incisivos en la finura de los tuyos de una manera tan sutil que pudieras disfrutar del dolor sin sufrir.

Nuestros niveles de endorfinas estaban tan altos que nos hacían clamar por más, seguimos así en un beso interminable que pareció infinito pero que tuvimos que parar. Disminuimos la velocidad de los movimientos al mismo tiempo, terminado con un roce entre nuestros suaves labios, entendiendo que debíamos parar porque nuestros cuerpos pedirían más.

Nos miramos y nos separamos sin decir nada. Fue insólito: hicimos como si no hubiera pasado nada y continuamos con la conversación que llevábamos.

Solo nuestras mentes estaban conscientes de que aunque hablásemos como si nada, muy internamente estábamos resumiendo el beso. Recreándolo y asimilándolo con un simple deseo mutuo:

“El deseo de querer ser siempre el vaho que se exhala de tus labios pero sin una existencia efímera…. queriendo conservarnos en el sentimiento infinito de querer besarnos siempre”.

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